La propuesta parecía inofensiva. Tres desconocidos con camisas verde limón, con el logo "Zolt Energy Gum" bordado en el pecho, tocaron la puerta de una casa en Olympia en enero de 2024. Traían una historia sencilla: una nueva marca de chicle energético estaba por lanzarse en los supermercados Safeway y buscaban vecinos dispuestos a probar los sabores. Había una tarjeta de regalo de por medio.
Una de esos tres era la detective Susan Logothetti, del Departamento de Policía de Everett, especialista en casos sin resolver. Sabía exactamente qué botón tocar. "Le encanta hablar de sí mismo", diría después. "Quiere que lo halaguen." Así que los detectives elogiaron su arte, elogiaron su propiedad, y un hombre de 66 años que se hacía llamar Sam Price se quedó parado en su propia entrada, desenvolviendo chicle tras chicle, masticándolo, y escupiéndolo en un pequeño recipiente que los detectives habían llevado justamente para eso.
Él no tenía idea de que estaba entregando la respuesta a dos homicidios que la ciudad de Everett, Washington, había cargado sin resolver durante 46 y 42 años, un total combinado de ochenta y ocho años.
El 13 de mayo de 2026, en la Corte Superior del Condado de Snohomish, el juez Edirin Okoloko sentenció a Mitchell Gaff, de 68 años, a un mínimo de 50 años y un máximo de cadena perpetua por el asesinato en primer grado de una mujer de 21 años, asesinada en su casa de la calle Casino Road en Everett en julio de 1980, un día después de su cumpleaños, y de una gerente de cafetería de 42 años, asesinada en su apartamento de la avenida Rucker en junio de 1984. Gaff se había declarado culpable de ambos cargos un mes antes. Es el mismo hombre que el sistema de confinamiento civil de Washington evaluó, retuvo por más de dos décadas bajo la etiqueta de "depredador sexualmente violento", y liberó en 2018 después de que un psicólogo del estado concluyera que sus trastornos ya no representaban un riesgo sustancial de reincidencia. Este reportaje se basa en las audiencias del Condado de Snohomish, la cobertura de HeraldNet a lo largo de los dos años que duró la investigación y el proceso judicial, y registros públicos sobre el programa estatal que lo supervisaba, y que después lo dejó libre.
Washington construyó su Centro de Confinamiento Especial en la isla McNeil en 1990, el primer programa de este tipo en el país, para retener a delincuentes sexuales que ya habían cumplido su condena de prisión pero que seguían siendo evaluados como peligrosos. Un juez o un jurado debe determinar, más allá de toda duda razonable, que la persona tiene más probabilidad que no de cometer otro delito sexual violento antes de que el estado pueda confinarla de forma indefinida. Gaff llegó ahí en 1995, después de que un jurado del Condado de Snohomish lo declarara depredador sexualmente violento cuando su condena anterior estaba por terminar. Un segundo jurado llegó a la misma conclusión en el año 2000, y el juez de esa audiencia le negó la colocación en la comunidad aunque un experto lo había recomendado. Pasó años entre la isla McNeil y un centro de transición supervisado en el Condado de King, y fue devuelto a la isla en 2007 después de que el personal encontrara 44 videocasetes con contenido sexual y violento en su habitación, y de nuevo en 2009 por violar las condiciones de su colocación transicional. En 2018, el psicólogo Daniel Yanisch evaluó a Gaff y escribió que sus trastornos diagnosticados, que en su expediente incluyen sadismo sexual, trastorno narcisista de la personalidad, trastorno de voyerismo y trastorno frotteurista, ya no lo hacían un riesgo sustancial de reincidir de manera sexualmente violenta. El estado lo dejó salir. Conservó el nombre que había adoptado legalmente años antes, Sam Wise Price, trabajó en mantenimiento, construcción y como operador de máquina de coser, y en enero de 2018, el mismo año en que quedó libre, fue ordenado sacerdote budista.
El expediente que el estado revisaba cuando tomó esa decisión ya contenía señales de alarma. En 2017, un año antes de su liberación, el personal encontró a Gaff con condones y catálogos de armas, cuchillos, esposas e insignias de policía, artículos que los investigadores después describirían como propios de alguien que estaba armando un "kit de violación". Ya había confesado en 1995 otras cuatro violaciones por las que nunca fue procesado, y admitió una quinta en 1999. Nada de eso cambió el resultado. Lo dejaron salir.
Lo que nadie que lo supervisaba sabía en 2018 era que su ADN seguía sin identificar, guardado como evidencia de un homicidio de 1984 en Everett.
Los hechos de ese caso quedaron documentados en los cargos judiciales y fueron repetidos por el propio Gaff ante la corte. El primero de junio de 1984, una gerente de cafetería de 42 años, que trabajaba en el Bell-Ness Cafe, había planeado pedir un taxi hacia las nueve y media de la noche, pero decidió caminar. Gaff forzó la entrada a su apartamento en la avenida Rucker. Le ató las muñecas con un cordón y un pedazo de cable telefónico, la agredió sexualmente y la estranguló. Después incendió su recámara, un acto que los investigadores siempre interpretaron como un intento de destruir evidencia. Funcionó durante casi cuarenta años. Los detectives de los años ochenta investigaron a su novio, a un hijastro, a un socio de negocios, a un cliente del bar y a un joven que la habían visto por última vez cerca de un Dairy Queen. Ninguno pudo ser vinculado al crimen. El hallazgo del forense del condado, muerte por estrangulamiento, fue de las pocas certezas en un expediente que por lo demás se enfrió por completo.
Los investigadores reabrieron el caso en julio de 2020 y compararon el ADN recuperado de la alfombra del apartamento con la base de datos nacional CODIS. No hubo coincidencia. Fueron las ligaduras, analizadas más tarde, las que resolvieron el caso. En noviembre de 2023, el laboratorio informó que el ADN encontrado en el cordón y el cable telefónico usados para atarle las muñecas coincidía con un hombre que ya estaba en el sistema: Mitchell Gaff, registrado como delincuente sexual de Nivel 3, la clasificación de mayor riesgo del estado, y viviendo en Olympia bajo el nombre de Sam Wise Price. Una coincidencia de base de datos por sí sola rara vez se considera suficiente para acusar a alguien de homicidio. Los investigadores querían una muestra de confirmación tomada directamente de Gaff, y por eso la detective Logothetti y dos colegas llegaron a su puerta con las camisas verde limón. El chicle funcionó. Los cargos por homicidio agravado en primer grado se presentaron el 3 de mayo de 2024.
El segundo caso tardó dos años más en presentarse formalmente. Los documentos judiciales describen a una mujer de 21 años encontrada muerta el 12 de julio de 1980 en su casa de Casino Road, en Everett, la mañana siguiente a su cumpleaños. Su esposo encontró el cuerpo al volver de un turno nocturno. Sus dos hijos pequeños, una niña que apenas caminaba y un bebé, estaban en la casa y no sufrieron daño físico. Según el propio relato que Gaff dio ante la corte, esa noche había estado probando puertas al azar en el vecindario y encontró la de ella sin seguro. Se escondió adentro, en el clóset de una recámara, esperó, y la sujetó por detrás con un cuchillo cuando ella entró. La ató, la agredió sexualmente y la estranguló. Nuevas pruebas de ADN realizadas en 2025, a partir del mismo trabajo de laboratorio que había identificado a Gaff en el caso de 1984, lo vincularon también con esta escena. Los fiscales presentaron cargos de homicidio agravado y homicidio en primer grado el 13 de marzo de 2026.
Ambos homicidios ocurrieron antes del primero de julio de 1984, fecha en que entró en vigor la Ley de Reforma de Sentencias de Washington, que sustituyó el antiguo modelo de condenas indeterminadas por rangos fijos. Por esa razón, ambas condenas de homicidio contra Gaff se dictan bajo la ley anterior a la reforma: el tribunal fija una pena máxima, cadena perpetua en un caso de homicidio en primer grado, y la Junta de Revisión de Sentencias Indeterminadas del estado, la agencia sucesora de la junta de libertad condicional que antes tenía jurisdicción sobre casos como el suyo, conserva autoridad continua sobre el mínimo y sobre si Gaff algún día es considerado apto para salir. El juez Okoloko fijó ese mínimo en 50 años. Pero es la junta, no el juez, la que administrará esa sentencia en audiencias que se celebrarán durante las próximas décadas, el mismo tipo de panel de expertos que en 2018 decidió que Gaff ya no necesitaba estar confinado.
En la audiencia de sentencia, el juez Okoloko dijo a la sala que el número al que llegó el estado no fue arbitrario. "La sentencia apropiada, como mínimo, es la cantidad de años que las familias tuvieron que esperar", dijo el juez. El fiscal del Condado de Snohomish, Craig Mattheson, rechazó en sus propias palabras cualquier idea de que Gaff fuera un caso aislado del pasado lejano. "Él es, de hecho, el ruido en la noche que debería hacer que la gente sepa que hay más peligro del que parece", dijo Mattheson ante la corte. La abogada defensora Heather Wolfenbarger pidió contexto, si no clemencia: "Simplemente no es la misma persona que está hoy aquí sentada la que cometió estos delitos tan graves."
Gaff se dirigió directamente a la corte. No negó lo que había hecho. "No me importaba nada excepto lo que yo quería y lo que creía merecer", le dijo al juez, describiendo al hombre que había sido en los años ochenta. Fue más allá, y se describió como "un tren desbocado a través de la vida de todos los que conocí, violento, egoísta y agresivo." En su propia declaración reconoció su responsabilidad por el homicidio de 1984, sin que El Tejano repita el lenguaje con el que la nombró directamente. Nadie de El Tejano se comunicó con Gaff ni con su abogada por separado. Su declaración en corte abierta, bajo juramento y como parte del expediente público, es la única fuente que este reportaje usa para citar sus propias palabras.
Una familiar de las víctimas, hablando ante la corte en nombre de una familia que esperó más de cuatro décadas por un nombre, resumió lo que estaba en juego en términos que el expediente legal no podía. "Mi deseo", le dijo al juez, "es que él nunca vuelva a simplemente seguir con su vida."
El sistema de confinamiento civil de Washington, el mismo que retuvo y después liberó a Gaff, no es un programa marginal que opera en los márgenes del sistema de justicia. Es la respuesta principal del estado a una pregunta difícil: qué hacer con un hombre que el estado considera todavía peligroso después de cumplir su condena penal. Una revisión estatal de los resultados del programa encontró que aproximadamente uno de cada cuatro liberados es arrestado después por nuevos delitos, y que cerca de uno de cada siete reincide de manera grave o violenta. En el año más reciente del que se tiene registro, 68 residentes fueron liberados de la isla McNeil, un número récord, parte de una tendencia en la que, desde 2012, cada año se libera a más personas de las que se ingresan. Veinte estados, el gobierno federal y el Distrito de Columbia operan hoy programas de confinamiento civil similares, con un estimado de 6,300 personas retenidas en todo el país para el año 2020. Gaff fue un dato más dentro de ese sistema durante veintitrés años. Ahora es un dato muy distinto.
La pregunta de rendición de cuentas no termina con la declaración de culpabilidad de Gaff. Recorre cada escritorio que manejó su expediente entre 1995 y 2018: los psicólogos que lo evaluaron, la junta que sopesó los videocasetes de 2007 y la violación de 2009 y aun así lo dejó volver a la comunidad, y el evaluador que en 2018 miró a un hombre al que un año antes habían encontrado con condones y catálogos de armas, cuchillos e insignias policiales, y lo autorizó. A dos familias de Everett nadie les dijo, porque nadie lo sabía, que la evidencia para resolver sus casos ya existía en un laboratorio. Fue un nuevo análisis de ADN sobre evidencia de hace décadas, no el proceso estatal de revisión de depredadores, el que finalmente conectó a Gaff con los homicidios que ese mismo sistema de confinamiento, al menos en teoría, estaba diseñado para prevenir.
La detective Logothetti construyó su operación encubierta a partir de una sola observación sobre el carácter de Gaff: que quería, más que casi cualquier otra cosa, que le dijeran que era interesante, que su trabajo importaba, que alguien le prestaba atención. Eso fue cierto en 2024, vestido con una camisa verde limón frente a un plato de chicle masticado, y probablemente también lo fue en 1980 y en 1984, en cuartos donde nadie le ofrecía halagos. Cincuenta años es el número que un juez eligió porque coincidía con el tiempo que dos familias tuvieron que esperar. Si Mitchell Gaff, ahora Sam Price, algún día vuelve a presentarse ante una junta que decida si puede seguir con su vida es una pregunta que la sentencia deja abierta, no una que responde.